Andes Tropicales I

Cuando uno tiene la idea de viajar por un largo tiempo, una de las cosas que busca es integrarse en el medio, y vivir lo que de verdad se vive en cada lugar. Y eso estamos haciendo de alguna manera nosotros.

Nuestra idea era salir en octubre, cuando tuviéramos listo más o menos nuestro nuevo hogar: El aguacate. Pero en ese afán de vivir lo que se vive en cada lugar, nos vemos dos meses después todavía en el punto de salida, a la espera de un cambio de titularidad en el Aguacate, que es estrictamente necesario para poder entrar en Colombia.

En realidad, es más tiempo para preparar nuestra casa rodante, para viajar un poco por Venezuela, que siempre quedan sitios nuevos que conocer, sobre todo en este bello país, y de paso ir probando en la realidad nuestros diseños interiores.

Primer destino: Andes Tropicales y alrededores

Hemos pasado quince días rodando con gran parte del equipo, aunque no todo, aun tenemos que terminar de pintar dos muebles.

Salimos de Coro dirección Barinas. Cerca de donde unos meses atrás se celebro nuestro matrimonio, por lo que es una zona que ya tenemos bastante trillada, sobre todo la ciudad. Arrancamos el viaje pasando 4 o 5 días en la Feria Internacional de Turismo, FITVEN.

De allí, queríamos ir hacia Mérida, pero sin rumbo concreto, por lo que hicimos un primer desvío hacia la zona de Altamira de Cáceres y Calderas. Estuvimos allí de pasada y teníamos pendiente volver con un poco más de calma. Es una zona bellísima y en la que hay bastante que caminar, por lo que es un buen sitio al que volver, ya que siempre puedes seguir explorando rincones nuevos. En esta ocasión visitamos el Pozo Azul o Laguna Encantada.  Ambos nombres se comprenden al ver dicha laguna. De un azul intenso y poco común en la naturaleza, un pozo sin vida alguna, ni animal, ni vegetal. Una quietud mística que lo rodea que penetra en uno haciéndolo sentir simplemente extraño. Un lugar único que merece la pena visitar pese a que la promoción turística no es demasiada.

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Pasamos la noche en la Mucuposada Valle Encantado, donde nos recibió la Señora Esperanza quién regenta la casa juntos a sus hijos. Una señora bien fuerte. Llegó ese día de Barinas, y tras preparar el almuerzo se fue a casa de un vecino para participar de una reunión de la comunidad. La casa del vecino se encuentra a un rato largo andando por un camino escarchado. Nosotros nos encontramos con la señora cuando de noche, regresaba a su casa, con su garrote y paciencia, sin siquiera portar una linterna.

En la Mucuposada ese día no había luz. La última tormenta dañó el generador y estaban a la espera de que llegaran a arreglarlo, pero no fue impedimento para disfrutar de una amena conversa con ella y su hijo en el comedor. Uno de sus hijos, el que estaba allí presente, baqueano o guía de la zona, nos estuvo explicando bastantes alternativas para caminar al día siguiente. El trato fue muy bueno y recomendamos tanto la zona como  la posada.

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Tras caminar por la zona, de camino al Mirador de la Peña, continuamos viaje. Para llegar a la Mucuposada hay que tomar un desvío desde la carretera, por un camino de piedra de 3,5 km que tardamos como una hora en recorrer con el carro. El día de nuestra partida lo tuvimos que recorrer tres veces seguidas porque al llegar abajo me di cuenta que había dejado en la posada mi llave del carro… pero bueno son ejercicios para trabajar la paciencia y poner a trabajar al carro.

Nuestro viaje continúa… salimos de nuevo a la carretera del páramo que va de Barinas a Mérida, y continuamos dirección Mérida para desviarnos de nuevo hacia una antigua mina de Gres.

El porqué es bien sencillo. Desde esa mina sale un camino que te lleva a un lugar donde en el amanecer y atardecer se pueden ver Gallitos de la Sierra. Aunque la mina actualmente está cerrada, allí permanentemente se encuentra un vigilante, que suele colaborar en la resolución de inquietudes turísticas guardando el carro de uno. Nosotros llegamos allí casi entrada la noche, y no tuvimos problema en que instalarnos allá para pasar la noche.

Sería el día en el que porfín estrenaríamos la carpa. No estaba nada mal, a suficiente distanciade la caseta del vigilante, pudimos estacionar al pie de un barranco y con montaña y cielo de frente. En menos de media hora, teníamos la carpa montada y la cena en el fuego. Para cocinar para nosotros dos nos vale con la cocinita de gasolina, y mesita de apoyo de la puerta trasera. Es un lujo.

Pasamos la primera noche de ensueño, hasta que bien temprano el despertador sonó. Es la hora de ir a buscar a los preciados gallitos. Tras preparar un café nos fuimos siguiendo las indicaciones del vigilante. Pensábamos que el desvío en el barranco que teníamos que tomar estaba antes de tiempo, por lo que al no encontrarlo, volvimos de nuevo a preguntar. Esto por escrito suena relajado, pero… en realidad cuando vas a contrareloj no lo es tanto. Y desde luego que el gallito no nos iba a esperar todo el día. Volvimos corriendito por el camino de nuevo hasta que más lejos que la primera vez, encontramos el desvío… bajamos y bajamos hasta que ahí estaban. Anaranjados chillón. De cierto tamaño. Cantando, volaban, se posaban…

Estuvimos bastante rato allí, observándolos, en silencio, sientiéndonos unos privilegiados. Además el camino a recorrer era bien bonito.

Al regreso, preparamos un buen desayuno, nuestras primeras  arepas en carretera, aunque para consumo propio, y tuve el placer de tomar una ducha con vistas, para poder continuar camino hacia Mérida.

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Continuará…

 

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