Por fín arranca la aventura

Más de dos meses después de lo previsto en nuestras mentes, y sin perder la esperanza aunque a veces si los “papeles” logramos comenzar con tan ansiado y soñado viaje, nuestra luna de miel, podemos decir, la vuelta en coche a Centroamérica.

Nos fuimos retrasando con la salida, porque fuimos perfeccionando el coche por dentro, con calma, combinándolo con trabajar y disfrutar. Pero lo que definitivamente nos hizo salir tan tarde era una simple cuestión de burrocracia. Y no, nos es una despiste ni una falta, pone BURROCRACIA.

En un resumen demasiado light para los niveles de angustiar que hemos llegado a vivir diremos que: el título del coche estaba a nombre de una persona jurídica y para entrar en Colombia es necesario que esté a nombre de una persona natural. Un trámite que debía ser sencillo pero posiblemente lento. Se intentó por autopista (vía rápida previo pago) pero finalmente terminamos yendo por carreteras secundarias, y así fue que lo logramos. No sin hacernos sufrir de muchas maneras, los funcionarios encontrados por el camino: vuelva mañana, No… No… No…, y un largo etc. Sin embargo además de ejercitar nuestra paciencia, nos enseñó por ejemplo que podemos lograr un sistema mejor a través de twitter. Pero eso queda como anécdota para un post en algún momento, dentro de Reflexiones.

Al final, lo verdaderamente importante es que logramos tener el papel que faltaba para iniciar el viaje.

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La entrega del papel fue poco antes de que caducara mi visa de turista, fecha idónea para salir, y así ahorrarnos el paseito a sellar el pasaporte a la frontera. Sin embargo, al igual que pasa en el resto de las cosas de la vida, siempre hay cuestiones que uno no ha hecho, ni hará hasta que no tenga la presión del tiempo encima. Por lo tanto, la última semana en Coro, fue un no parar y un salir casi literalmente corriendo con unas cuantas cosas pendientes de solucionar por el camino.

Pero o arrancábamos o arrancábamos. Empaqueté todo. Qué éxtasis. El colmo de la organización. Listas van listas vienen. Paquetes, paqueticos, paquetones… luego se ríen de mí cuando hablo de las bolsas de ikea para equipaje… una bolsita, dentro de otra, dentro de otra… y todo en una lista. Y otra por orden alfabético y otra por tamaños. Y así fue. Salimos de nuestro querido y vacío Coro el viernes bien entrado el mediodía. Con un viaje de 10 horas por delante. Destino Colón, Venezuela.

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Decidimos cruzar la frontera por Cúcuta ya que ninguno lo habíamos hecho antes, y no conocíamos esa zona ni en el lado venezolano ni en el colombiano. Hicimos noche de camino, en Colón, en casa de un buen amigo. Buen amigo es la definición de alguien que aunque no va a estar el fin de semana en su casa, te deja la llave escondida, una pimpina con 50 litros de gasolina para ahorrarte las colas y las historias que hay que hacer para repostar cerca de la frontera, quien te deja un portabici por si te sirve, unas cervezas y unas hallacas de su madre. Eso es un buen amigo.

Llegamos a las 3 de la madrugada ni más ni menos. Ahí estaba sentada dentro del coche, en la puerta de una urbanización desconocida, en un pueblo por primera vez visitado, mientras Fabricio subía andando en busca de una casa desconocida, donde tenía que buscar unas llaves, según un vídeo enviado por whatsapp. Una situación, cuanto menos curiosa.

El sábado amanecimos tarde y recuperados de un cansancio extenuante acumulado de la semana que nos llevó la noche anterior a caer secos. Como decía mi abuela: hija mía parece que te dan un mazazo.

La mañana del sábado, día que caducaba mi visa, la dedicamos a comenzar con esa puesta a punto, que como en cualquier casa, nunca termina. Después fuimos a San Antonio de Táchira, una zona poco turística, pero bien bonita. Además de rebelde y luchadora. Allí sellamos rápido el pasaporte: salida de Venezuela, para entrar en una larga cola en carro que nos llevaría a tierras hermanas. Cuando por fin cruzamos el puente que dice Bienvenidos a Colombia nos encontramos con todo un lugar lleno de cosas. De jabón, de champú, de harina pan de todo. Pero el tema del contrabando también lo dejamos para un post propio, porque merece la pena.

Entramos a Colombia el sábado ya en la noche. Sellamos el pasaporte, y nuestra primera sorpresa es que para sacar el permiso del carro hay que esperar al lunes en horario de oficina, pero debe de ser allí mismo en la frontera.

Amablemente nos recomendaron donde dirigirnos para estar un par de días. Chinácota. Fuimos a sacar el seguro del carro, compramos algunas cosas de comer en una pequeña tienda cercana y emprendimos carretera. Menos mal y no entramos de golpe en un hipermercado porque el impacto quizá hubiera sido demasiado fuerte.

Tras rodar un par de horas largas, ver que todo está más limpio, que la policía es otra cosa a Venezuela, y que es todo mucho pero mucho más seguro que en el país del que venimos, llegamos a un pueblo llamado Chinácota. En la plaza principal nos comimos unos chuzos o pinchos de carne y nos tomamos una cerveza. Tras asesorarnos por el alojamiento, fuimos al Hotel el Bosque, a las afueras, donde nos dejaron instalar nuestro carro y nuestra carpa por un módico precio.

Y allí nos quedamos hasta el martes en la mañana.

Continuará…

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