Ráquira- Puente de Boyacá- Zipaquirá (Catedral de Sal)

De Villa de Leyva a Bogotá. Primer objetivo, acercarnos a conocer Ráquira: tiene buena fama en la zona, en la lonely y entre las personas que vamos encontrando en el camino. Sin embargo, no encontramos lo que en nuestra mente habíamos imaginado, así que tras un voltio con el coche, dimos prácticamente marcha atrás, para dirigirnos hacia el Puente de Boyacá. Ráquira es considerada capital artesanal de Colombia. Allí se trabaja principalmente la cerámica, y su propio nombre proviene del muisca chibcha que significa ollas.

Continuamos camino por carreteras inhóspitas para nuestros mapas, pero no para una aplicación off line de GPS que llevamos en el móvil. Estando en Ráquira fue que dimos con que estábamos en el camino equivocado para ver el Puente de Boyacá de camino a Bogotá. Por lo tanto teníamos que retroceder, aunque no exactamente por el mismo camino. Por suerte había una carretera que nos llevaba directos al puente. Eso si, parada pertinente para cenar, una hamburguesa pasable y como no aprovechar de degustar nuevos manjares… el cochinito! (explicación del mismo en un futuro post de la sección de gastronomía)

2 Samacá (3)

En el campo o puente de Boyacá se erigieron numerosos monumentos para conmemorar la victoria de los independentistas que el 7 de agosto de 1819 le dio la independencia a Colombia. El puente fue reconstruido, el verdadero era en madera.

Caía la noche cuando llegamos al puente. Es una zona grande y verde al pie de la carretera. Preguntamos a uno de los celadores que trabaja allí si podíamos estacionar y pasar la noche en el parqueadero. Él muy amable nos comentó  que en varias ocasiones “gringos” habían acampado en sus motorhome sin problemas, pero que nos anunciáramos a la policía (hay un cuartel allí mismo).

Para nuestra sorpresa los dos policías que salieron a atendernos, cordiales pero lejos de la amabilidad y simpatía característica en el país, nos informaron que era IMPOSIBLE, que NUNCA antes se había quedado nadie debido a que era Parque Nacional. Y tampoco podíamos quedarnos cerca porque el Parque Nacional abarcaba hasta el pueblo. Insistimos un poco pero no demasiado, ya que desde el principio la negativa fue fuerte.

A lo que estábamos saliendo del campo de Boyacá, le comentamos al celador lo sucedido, quién quedó bien extrañado con la situación. Un poco más arriba, formando parte del mismo parque había una capilla con la casa del sacerdote. Nos sugirió que allí en la oscuridad no se nos vería y que raramente la policía sube a hacer ronda por allá. Así que sin demorarnos mucho más subimos y allí nos quedamos. Hace bastante frío en la zona, por lo que decidimos dormir dentro del carro, una opción a su vez mucho más discreta.

Fue a la mañana siguiente cuando hicimos la visita de rigor. NOTA: No se paga para entrar! Aleluya!

Un policía de turismo que se encontraba allí, alentado por nuestra procedencia semi venezolana y los buenos recuerdos que guarda de la Venezuela y sus gentes, nos explicó toda la historia, como sucedió todo, antes, durante y después, con gran detalle. Resultó ser de gran interés pese al frío que nos rodeaba. Tras la explicación vimos medio rápidamente alguno de los monumentos, y cuando la garua que caía empezó a convertirse en lluvia decidimos regresar al coche. A ambos nos sorprendió el tamaño tan pequeño del puente, pues en nuestro imaginario era bastante más grande.

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Continuamos viaje hacia Nemocón y Zipaquirá. Pueblos cercanos a Bogotá, famosos por sus minas de sal. En especial, Zipaquirá, que cuenta con una Catedral de Sal, catedral construida en el interior de la mina. Es la primera maravilla de Colombia, aunque cuando uno entra allí, se pregunta por qué. En realidad ya lo intuye uno antes de entrar, pero por alguna extraña razón, no puede saltarse la visita y paga por entrar más de lo que ha pagado hasta ahora. Una cosa si es bien clara, conocer un país, es conocerlo desde distintos puntos de vista, y uno de ellos es yendo al punto más turístico (tanto internacional como nacional) para ver cuál es el dinamismo que fluye en el lugar. Así que, no se si por esto, o por querer reducir nuestra disonancia cognitiva, creemos que la visita mereció la pena.

Valga decir que pagas un platero ya para el combo básico que fue el que contratamos nosotros (visita guiada por la catedral de sal), existen otros aún más caros, pero también más parque temático, que incluyen entre otras cosas, que te den un casco, una linterna y un pico y ala pa dentro de la mina. Desde luego tiene que ser una experiencia a vivir, pero en un contexto menos circense. Nuestra visita fue además excepcional. Nos tocó un guía que pese a ser muy amable y simpático, y además buen trabajador porque le dio al grupo lo que el grupo quería (menos nosotros dos…) a nosotros nos terminó desesperando un poco su forma de hablar. Parecía que estábamos en un show televisivo de EEUU llevado a la exageración.

El paseo por dentro de la catedral que a su vez se encuentra dentro de la mina dura alrededor de una hora. Pasamos primero por las 14 estaciones del via crucis, todas hechas en sal en su mayoría. Para luego acabar viendo el resto de la catedral, donde por cierto, si a alguien le interesa, celebran misa los domingos y cualquier tipo de evento religioso. (Me pregunto si se pagará entrada para ir a misa…)

Supongo que no ser creyentes influiría en la poca pasión que despertó el lugar en nosotros, aunque a veces pienso que siéndolo hubiera sido peor. Hubiera sido peor al ver en la última estancia todas las tiendas de recuerditos (que digo yo, si es un templo sagrado, las tiendas podrían ponerlas fuera…) había hasta un par de máquinas de estas de echar una moneda e intentar sacar un peluche con un brazo magnético que misteriosamente siempre se abre cuando ya agarraste tu presa y estas a punto de lograrlo.

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Eso sí, tiene una cosa de impresionante y es el trabajo de los mineros en dicha construcción. La pena es ese bombo y trato turístico que recibe.

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