Mocoa y el trampolín de la muerte.

Arepistan - Aguacate - Tampolin de la Muerte - Colombia

El Aguacate en el trampolin de la Muerte – Carretera Mocoa – Sibundoy, Putumayo, Colombia

De San Agustín nos dirigimos en un primer momento a Mocoa, una de las puertas al amazonas colombiano. Llegamos con la idea de cruzar la frontera a Ecuador por ahí mismo, hacia Lago Agrío, Ecuador. Sin embargo, nos habían hablado muy bien del Carnaval del Perdón, Carnaval indígena, o Día Grande Kamëntsá en Sibundoy, a mitad de camino en dirección Pasto.

Por lo tanto cambiamos los planes. Pasamos un par de días en Mocoa. En el hostal la Casa del Río, donde pudimos acampar. La lluvia fue un constante, por lo que no nos animamos a salir a conocer mucho la zona. Viajecito en bici al pueblo para comprar víveres, puesta a punto del blog, cámaras, fotos, atender el trabajo y descansar. El ritmo del viaje conforme pasan los días se enlentece, y esa especie de prisa que tienes al salir, que no sabes de donde sale, pero está ahí, va desapareciendo. Y es que a viajar a sí también se aprende. Además el alojamiento tenía unas zonas comunes muy agradables, una ducha al aire libre entre vegetación única y unos simpáticos monitos que venían de vez en cuando a por comida.

Dudamos un rato en si llegar o no a Sibundoy, ya que era teníamos 3 días para salir de Colombia, ya que se acababa el SOAT (seguro del coche) y no queríamos renovarlo para un par de días, siendo que después de Ecuador volvemos por acá. No son muchos los kilómetros que separan Mocoa de Pasto, creo que unos 150, y Sibundoy queda un poco más allá de la mitad, pero la “carretera” sin asfaltar que une Mocoa y Sibundoy no es precisamente para andar con prisa. Que por algo la llamarán el Trampolín de la Muerte.

Unas 3 horas que duramos por dicha carretera, pero disfrutando cada segundo. Única y de una belleza singular.

Llegamos a Sibundoy el domingo en la tarde. El día grande era el lunes, lunes de carnaval. Buscamos alojamiento y terminamos encontrando una casa, en la que están construyendo una posada, pero como nosotros no necesitamos nada, más que poder estacionar, nos dejaron quedarnos en su jardín. Una familia encantadora que nos atendió de maravilla, incluyendo una sopa típica y café de desayuno. Además no quisieron cobrarnos nada. Las conversaciones y la poca convivencia que tuvimos la oportunidad de intercambiar fue tan agradable que quedamos que pasaríamos de nuevo a la vuelta de Ecuador con un poco más de tiempo.

En el próximo post, el carnaval.

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