Mompiche: una llegada desastrosa

2015-02-28 08

Cuando estábamos en Ibarra, ambos teníamos claro que la forma de recorrer Ecuador sería comenzando por la costa. Ya necesitábamos el clima y el modo de vida costeño, ese mismo desidioso que a veces nos hace botar la piedra, y que a su vez tiene un encanto especial en el que nos desenvolvemos estupendamente.

Un poco más de un mes desde nuestra salida, comenzaba a provocarnos una paradita algo más larga de las que veníamos haciendo hasta ahora. No sabemos muy bien por qué pero teníamos ciertas esperanzas puestas en que el lugar para dicha parada sería Mompiche. En realidad no sabíamos mucho del pueblo pero algo nos atraía con la idea de permanecer más tiempo, sin siquiera conocerlo.

Nos registramos en WorkAway, una red de intercambio, en el que personas que necesitan algún tipo de ayuda, buscan voluntarios que lo hagan a cambio de poder dormir y comer. En Mompiche había varias opciones, entre las cuales, una a mi me llamaba mucho. Era un asunto relajado, en una finca donde viven animales rescatados, entre ellos caballos que había que cuidar y montar. Si nos terminamos registrando en la red fue por esa opción.

Sin embargo estaban llenos para los días que nosotros escribimos con nuestra llegada, así que tras descartar esa opción, contactamos a una persona que se está construyendo la casa en bambú y necesitaba ayuda. Sonaba muy interesante todo lo que se podía aprender de esa experiencia de construcción.

La llegada a Mompiche todavía sin respuesta del voluntariado con bambú, fue algo extraña. Llegamos y empezamos a buscar donde quedarnos. Una de las opciones, el Gabeal, es un sitio muy bonito, pero nada cómodo para hacer camper con el carro. Y pese a la belleza del sitio ese día había un ambiente enrarecido, que a nosotros nos recordaba a la película La Playa de Leonardo Di Caprio. Cuando estábamos continuando con la búsqueda, apareció Sirena, la señora americana que construye su casa en bambú. Woraway Workaway, yes?  con su acento americano, quería decir que acababa de ver nuestra solicitud, y justo pasamos y nos reconoció. Nos llevó a su casa, efectivamente toda construida en bambú, casi sin paredes, tres pisos de altura, al lado del río. Una cuestión distinta y bien bonita, aunque con sus contrapuntos claro. Estuvimos conversando allí con ella y otros voluntarios, sin embargo no teníamos donde quedarnos, ya que no había donde meter el carro. Además la casa estaba construida, sólo quedaba el mantenimiento y tratamiento del bambú, que quizá nos interesaba menos.

Dadas las circunstancias decidimos no quedarnos, y a la mañana siguiente ver con más calma qué hacer. Si nos planteamos intercambiar trabajo por alojamiento durante el viaje, es con la idea de convivir, aprender cosas nuevas, y disfrutar de unas comodidades durante una parada medio larga, como puede ser un wifi, un sitio donde estar, energía eléctrica etc. Y no era este el caso, ya que no teníamos donde estacionar y dormir, entre otras cosas.

Salimos ya caída la noche a buscar donde quedarnos. Sirena muy amablemente nos acompañó, y tras pasar por varios sitios, con ímpetu en los que se decidía que no nos quedaríamos, acabamos en lo que sería el paseo marítimos del pueblo, al lado del fumadero de basuco.

La primera noche fue un poco desastrosa. Creo que fue la primera vez en el viaje, para mi, Ainhoa, en la que me sentí totalmente desubicada, la llegada fue muy pum, pum, pum, sin casi tener la opción de parar a decidir algo, y un poco perro rastrero ya que sentía que nos quedábamos ahí en mitad de una calle sin saber muy bien a donde ir. Pero un simpático venezolano que lleva un tiempo viviendo aquí nos avisó de que ahí se quedaban a veces campers y ya era tarde para seguir buscando así que no hubo mucho más que pensar.

Cuando amaneció, las vistas al mar y la cercanía a la playa no se pagan con dinero y la cosa cambió un poco, pero muy poco. Seguíamos sintiéndonos un poco desubicados, entre el fumadero y un descampado medio sucio. Salimos a pasear con la idea de ver otras alternativas, pero no era el día de Mompiche. Las personas pasaban y no saludaban, se les veía como obstinados, a otros más bien “pegados”. No entendíamos porque un montón de turistas de vacaciones y extranjeros que optaron por vivir aquí andaban con la cara tan larga, y no era precisamente lo que veníamos viendo por el camino. Preguntamos en varios sitios, pero ninguna opción nos convencía. Pasamos también por donde los animales, por ver el tema, pero todo el feeling que daba por internet no lo daba en persona. Una lástima.

En uno de esos paseos, fuimos a Portete, una isla separada por tierra firme por menos de un kilómetro, cuyo lugar de cruce en barca, nado o remando, está a 4 km de aquí. Como ya era tarde no cruzamos a ver la isla, pero vimos que había un estacionamiento bien verde, al lado de un potrero, donde podría estar bien pasar unos días.

Estacionamiento para ir a Portete

Estacionamiento para ir a Portete

Volvimos a Mompiche con esa idea en la cabeza. Pasamos por casa de Sirena para decirle que no colaboraríamos y nos invitó a cenar esa noche. Ella preparó unos langostinos encocados muy buenos y nosotros unas arepas para acompañar. De beber, ron con agua de coco.  Nosotros fuimos a buscar los cocos, que nos los dejaban bien baratos, así que compramos alguno más por si luego vendíamos alguno, o para nosotros mismos.

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La cena fue muy amena, intercambiamos muchas cosas entre todos y pasamos un rato divertido. Volvimos a dormir donde la primera noche, con la idea de resolver nuestra situación al día siguiente.

Hasta ahora la experiencia en Mompiche era un auténtico desastre. Nada que ver con las expectativas que habíamos misteriosamente puesto. Ni si quiera teníamos perro de compañía, que parecerá una tontería pero era el primer sitio en el que no teníamos.  El ambiente enrarecido del pueblo no ayudaba tampoco.

Por otro lado, el pueblo en sí tenía mucho encanto. Las calles, salvo la principal que está medianamente asfaltada, son de arena de playa. Es como un sueño. Y a todos los sitios descalzos. 🙂

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Pequeño, las casas de madera o bambú. Bastantes hostales. Un regular oferta hostelera. Una playa enorme, de mareas del pacífico pero con vegetación tropical en la punta, y un atardecer desde el carro increíblemente espectacular.

El contraste iba convirtiendo el desastre en ambigüedad, ambivalencia, y cierta atracción surrealista por el lugar.

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Continuará…

 

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