AYAMPE, donde la tranquilidad es estresante.

2015-04-17 18.25.07

Llegamos ya entrada la noche, sobre las 9 o las 10. Allí no había un alma, todo calmado. Cuando llegamos a la orilla de la costa, un grupo de gringos se emborrachaban en el bar de un hostel entre risas y frases en inglés que te trasladaban de lugar. No parecía ser este el lindo y tranquilo lugar donde pensamos pasar unos días de ordenador y surf.

Nosotros decidimos estacionarnos por ahí cerca y tras montar el campamento y tomarnos una bien fría nos acostamos. Amaneció lindo un nuevo día. Rutina la nuestra de preparar un café con canela que degustamos con calma y cierto letargo todavía, mirando al mar, respirando el nuevo aire y terminando de despertar.

Es uno de los mejores momentos del día sin lugar a dudas, que se extiende  hasta que terminamos de saborear el último trozo de arepa con anís, panela y canela rellena de queso, que viene siendo uno de nuestros habituales desayunos.

Bien, entonces andábamos nosotros tan felices en ese momento cuando nos llega un tipo, medio metrosexual, con un aire a Ken (novio de Barbie) y un pequeño yorkshire, a informarnos que por decisión de la comuna* no está permitido acampar allá. Que se nos permitió la primera noche pero que espera que recojamos todo y nos mudemos a los alrededores de la cancha de fútbol, a la entrada del pueblo, un lindo lugar donde nadie nos molestará (la cancha de cemento y una solana de espanto, lejos del mar).

Resulta ser el dueño de un restaurante que teníamos detrás. Que digo yo, a mi me dicen que no parquee justo delante del restaurante que rompe la vista o cualquier otra cosa, y entendiéndolo me muevo 20 metros más allá, pero que me vengan con esa película, cuando los carteles indicaban que estaba prohibido dentro de la playa y no donde estábamos nosotros.

Hablamos con el hostel de al lado, y nos dice que nos preocupemos sólo por nosotros, que no  hay problema en que estacionemos en la playa. Hostel por cierto en el que nuestra experiencia no fue tampoco buena, siendo un sitio que no recomendaría a nadie. Un día con eso de necesitar el WIFI le pagamos 5 dólares entre los dos para usar baños y WIFI. Resulta que WIFI no había porque no había pagado el dueño y ese día no le apetecía ir a pagar. Estuvimos además bastante tiempo sin luz, y por ende sin agua, la cual sale de los pozos con motobomba, y para que tener un tanque lleno para esos momentos, ¿verdad? El baño horriblemente sucio, como en tiempos que no veía, y eso que entre nosotros hablamos de nuestras experiencias psicodélicas de cagar por Ecuador. (Porque andar en camper y no tener resuelto el baño, que aún estamos en eso, te permite tener ciertas experiencias psicodélicas al respecto, quizá un día hagamos un post algo corpológico). La cocina un desastre, el hostel en sí también, y el dueño un “lindo” hombrecito que no sabía decir ni una palabra agradable.

Decidimos mover el carro a un punto en el que no estábamos delante de nada. Y ya nadie volvió a decirnos nada de nada. Justo en ese momento vino el camión que vende verduras quién nos explicó que a veces hasta a ellos les ponían problemas para vender allá, y es que por lo visto no quieren ni artesanos ni venta ambulante ni turistas que se quieran cocinar.

Salimos a dar un paseo en busca de Pierre, a quién conocimos en Mompiche y a quién compramos la primera tabla. Entonces pudimos apreciar el pueblo. Es un lugar muy bello, rodeado por manglares y linda vegetación, donde además todo está muy cuidado. Sin embargo el ambiente que se respiraba era entre pedante y desagradable y eso lo estropeaba todo. Sabíamos que había que darle una oportunidad, con Mompiche la llegada fue también regular, pero no estábamos por la labor, no teníamos ganas.

El resultado de aquello es un grupo de gente, la mayoría extranjeros, que han encontrado un bello lugar, y lo quieren convertir en su paraíso. En su paraíso particular. Privado pero abierto al público ya que la mayoría nos necesita. Viven de negocios de turismo. Aunque con derecho de admisión, porque artesanos, artistas, vendedores, cocineros de arepas gourmet 😉 etc. no son tan bien recibidos. Si algo le falta a Ayampe, es un pueblo, uno de verdad, el de toda la vida, esa vida de pueblo de los de allí que siempre debe existir pese al desarrollo turístico de inversión extranjera. Cómo lo hay en Mompiche, o tantos otros lugares. Y no queremos que se entienda que todos los que residen en Ayampe son mala gente ni nada por el estilo. No podemos opinar mucho al respecto. Simplemente es el ambiente que se respira en un lugar como consecuencia de tener tan restringidas ciertas actividades y personas en pro de una tranquilidad que termina convirtiéndose en estrés y en la pérdida de oportunidades de intercambiar y crecer junto con personas diferentes a uno mismo.

Llegaron Silva y Adrián, una pareja de argentinos que lleva ya bastante tiempo viajando en Aurora y con quienes habíamos coincidido en Mompiche, hasta ahora sin oportunidad de conocernos mucho. Llegaron también otra pareja de Mompiche con quienes teníamos muy buena relación y nos encotramos nuevamente con otra clienta que alegre de vernos quería comerse una arepa. La buena compañía nos animó a quedarnos tres noches en Ayampe. Y un día que dedicamos a surfear sobre todo espumas, ya que las olas eran tremendas, y a comer un buen plato en el comedor del pueblo. Disfrutar de un lindo atardecer y pasear por la zona.

El día de partida, salimos tras pillar alguna olita espumosa, un poco para atrás, para visitar los Frailes, una playa en el parque nacional de Machalilla. La fama es espectacular, y la playa linda, pero una vez más, si quieres playas tranquilas y bellas, ve a Venezuela. Ahora si lo que buscas son playas más salvajes el pacífico es el pacífico. A las 4 que cierra el parque nos fuimos continuando camino a Olón, con parada en Puerto López. Olón, al lado del caos de Montañita, lugar del que nos habían hablado genial para campers.

 

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